domingo, 11 de enero de 2015

4. IRLANDA

Y así fue como me enamoré. Y lo supe, supe que me había enamorado.
Cuántas veces había leído yo sobre enamoramientos en las novelas de Bárbara Cartland y Danielle Steel. Por lo que había leído, yo, al igual que las jóvenes de las novelas, también me había enamorado de inmediato, pero lo mío era mucho más fuerte que en lo que en ésas páginas de novela rosa se decía. Por que además, mis sentimientos eran reales, no de una novela romántica de época. Y qué sentimiento tan grande y puro. Un sentimiento que me llenó por completo el alma y, era por él. Por Él. Por Roberto. Así que por fin, a mis catorce años, podía poner nombre y rostro a mi príncipe de los sueños. Por el que yo había suspirado aún sin conocerle. El que había sido dueño de mis fantasías aún sin verle. Al que había anhelado cada nuevo verano. Y por fin allí estaba, a sólo unos metros de mí.
-Por favor Carolina, quiero conocerle.
Dije algo temblorosa.
Y entonces Carolina, que era muy extrovertida y graciosa, sin más preámbulos, me cogió de la mano y sin vacilar ni un poquito, se encaminó hacia él llevándome a mí de la mano.
A mitad de camino, me detuve y tiré del brazo a Carolina.
-Estoy un poco nerviosa.
-¡No digas tonterias!
Y continuamos hacía Roberto, que estaba junto con dos amigos más y supuse que eran los chicos de los que tambián habían hablado mis amigas.
-¡Hola chicos!
Dijo Carolina muy alegremente cuando hubimos llegado hasta ellos.
-¡Hombre Carolina!
Dijo uno muy alto de ojos grandes.
-¡Qué alegría volver a verte!
Dijo el otro, moreno, con una cara muy agradable y con apariencia de mayor.
-A esta amiga tuya, no la conocemos.
Dijo entonces Roberto, sonriéndome amablemente. Me quise morir. Me estaba mirando y se había referido a mí. ¿Acaso se podría ser más feliz? ¿Y estar más nerviosa?
-Os presento a mi amiga Sherezade.
Exclamó Carolina firmemente.
El más alto, me dio dos besos a la vez que me decía que su nombre, era Oscar. El otro dijo que se llamaba Santi y, entonces llegó el turno de Roberto.
-Soy Roberto.
Lo dijo muy serio, y sentí que sus ojos negros me penetraban y que podrían llegar a ver en el fondo de mi alma. Me quedé inmóvil y me dio dos besos. El corazón comenzó a latir enloquecido y pensé si a caso, él pudiese estar escuchando tan sonoros latidos.
Cuando se retiró, yo continuaba hierática y las mejillas, donde había posado sus labios, me ardían. Él me sonrió de una forma que me pareció enigmática y entonces, saliendo de mi pequeño momento completamente mágico, oí a Carolina que decía animadamente:
-¡Hasta luego chicos! Después vendremos y tomamos algo juntos.
Volví a mi taburete y durante unos momentos, me quedé pensando en lo que acababa de pasar. Bueno, en reallidad no había pasado mucho... o sí. Claro que sí. ¡Acababa de enamorarme! Me llevé una mano a la mejilla, la cual aún me ardía. Y miré en dirección a Roberto. Qué sorpresa al ver que él me estaba mirando. Pero al contrario que en otras ocasiones, en las cuales, al comprobar que un chico me miraba, yo en seguida apartaba mi mirada, esta vez, no pude dejar de mirarle. Mis ojos se quedaron colgados de los suyos. Y entré en una especie de mágica hipnósis y me hubiese quedado así eternamente. Mirándole. Recreándome en su profunda mirada. Y es que sentía como que aquello ojos negros, eran capaz de ver más allá de mi simple apariencia y llegar a lo más hondo de mi alma. Me miraba tan serio, que sus ojos me parecían todo un enigma. ¿Acaso podría haberse dado cuenta de que en un sólo instante me había enamorado? No, éso era completamente imposible. Pero su mirada me inquitaba, me hipnotiza y me tranquilizaba a un tiempo, porque, aunque era la mirada más enigmática que había visto nunca, al poner en contacto mis ojos con los suyos, aunque mi corazón se había vuelto completamente loco, mi alma estaba tranquila. Tranquila y feliz.
Pero en algún momento, toda esa tranquilidad y magia, se apoderaron tanto de mí, que saliendo de golpe de ése extraño hipnotismo, sentí que ya no podría sostenerle más la mirada, se me arrebolaron las mejillas y miré hacia abajo.
Pero toda aquella tarde, cada vez que yo le miraba, podía comprobar que también él me estaba mirando a mí. En ocasiones, rápidamente yo apartaba la mirada, pero otras, sin poder evitarlo, caía en el magnetismo de su mirada. Y así nos quedábamos, mirándonos. Él muy serio, yo, completamente azorada y con la increíble seguridad de que ya, nunca nunca, podría vivir sin ver sus ojos.
En las novelas que yo solía leer, las jóvenes damas, cuando caían en los tiernos brazos del amor, no dormían y se pasaban las noches deambulando y suspirando. Pero ése no fue mi caso. Al llegar la noche y encontrarme en mi cama, dejé la ventana abierta y una débil, aunque refrescante brisa de junio, hizo ondear ligeramente las cortinas blancas de mi habitación. Me acosté más feliz de lo que había estado nunca en mi vida, y recordé su mirada. Ésa penetrante mirada, mágica e inescrutable. Y así, pensando en sus ojos y en su bonito rostro aniñado, me quedé profundamente dormida.
A la mañana siguiente, me desperté con una amplia sonrisa en la cara. Y tenía algo en la tripa que me hacía cosquillas y me llenaba de felicidad. Hubiera podido salir volando por la ventana y gritarle al mundo que estaba loca y profundamente enamorada de Roberto, el chico más guapo y maravilloso que jamás nadie hubiese visto.
Qué sentimiento tan increíble y grande. Todas las veces que me habían gustado tantos chicos, también habían sido sentimientos bonitos, sinceros y puros y cuando no había sido correspondida, me había dolido mucho. Pero lo que ahora sentía, no tenía nada que ver con lo anterior. Lo de ahora era inmenso, mágico, tan grande que me hacía bailar de pura felicidad y realmente era como si mis pies no tocasen el suelo, pero es que realmente creo que por aquel entonces, de verdad volaba.
Justamente anoche, hablando con una amiga, le dije:
-¿Cómo es posible que, de repente un día aparece una persona ante ti y te puede trastocar toda tu vida de una manera increíble? Porque, con sólo haberle visto ya te has enamorado, sin ni siquiera conocerle.
Pero así somos. No sé porqué de repente, puede surgir un sentimiento tan grnade con sólo la visión de una persona. Pero el caso es que, de pronto, tienes la certeza de que ésa es la persona que siempre has estado buscando y por alguna razón inexplicable, un día, como otro cualquiera, por fin se presenta ante los ojos de uno y entonces ya, no hay marcha atrás.
Yo creo que son las energías que llevamos dentro. Las energías o el alma o como se quiera llamar. Y es que ésas energías, antes incluso de unirse al cuerpo, se han estado buscando para unirse. Y entonces, cuando por fin se encuentran, se crea ése titilante magnetismo mágico, al que llamamos amor.
Fui corriendo hasta la cocina, donde sabía que encontraría a mi madre. Mi madre, la que me había tenido que sufrir hablar de tantísimos chicos. De lo guapo que era Alberto; de lo mala que era "Miriam, la rubia"; de que por fin Iván me había saludado; de lo nerviosa que me ponía cuano veía a Jesús; de las mariposas que sentía en el estómago cada vez que veía a David y así, un sin fín de chicos.
-¡Buenos días!
Grité al entrar.
-Buenos días. Qué contenta estás. Anoche debiste pasarlo bien.
-¡No lo sabes bien!-exclame mientras daba vueltas-¡Me he enamorado!
Mi madre lanzó una carcajada.
-Pero hija, cuentame algo nuevo. ¿Y cuándo no te enamoras tu?
-Pero es que no lo entiendes. Esta vez es diferente. Mamá, me he enamorado de verdad.
Y tuve ganas de llorar.
Mi madre me miró seriamente y creo que me creyó. Pero ninguna de las dos supimos en aquel momento que casi quince años después, también nos encontraríamos en la cocina hablando de él.
Le conté a mi madre con todo lujo de detalles, sin perder ni una sola palabra, ni un solo gesto, ni una sola mirada, cómo había sido la noche. Y a cada palabra que daba creo que me iba enamorando más y más, hasta sentir que era completamente imposible estar más enamorada de lo que ya estaba.
-¿Cuándo volveré a verle? Mamá, dime. ¿Volveré a verle pronto? Espero que sí, porque sino, creo que podré morir de pura incertidumbre. Si pudieras verle es tan guapo. Parece un niño. Pero tiene diecinueve años. ¡Es tan mayor! ¿Crees que es mayor para mí? Yo creo que sí, pero por eso me gusta más. Y sus ojos ¡Qué ojos! Y una nariz tan pequeña y bonita. ¡Pero mamá, dime algo!
-¿Pero qué quieres que te diga sino dejas de hablar?
-Pues lo que te he preguntado-decía yo ansiosa-¿Crees que con diecinueve años es mayor para mí?
-Bueno, sólo te quedan unos meses para cumplir quince años. Creo que está bien. Además, aunque en ocasiones eres muy cabeza loca e incluso pueril, eres madura para tu edad.
Sonreí satisfecha ante aquella respuesta.
-¿Y verle? ¿Le volveré a ver?
-¡Claro! Si dicen que suelen ir al pub, pues allí le verás.
-¡Pero nunca antes le había visto y aunque sólo he empezado a ir allí, ya he ido muchas veces y nunca antes les había visto! ¡El próximo sábado! ¿Le veré el próximo sábado?
-¡Ay hija! Cuándo te dá por algo...
Y así pasé la semana. Preguntaba a cada momento a mi madre o a mis amigas cosas así, como sí le vería el siguiente sábado. Cuál sería su color preferida. Si le gustaría leer. O qué haría en su tiempo libre.
Recuerdo que en ocasiones me era difícil ser amiga de mis amigas. No es porque ellas fuesen desagradables o algo así, en realidad era todo lo contrario. Eran muy buenas conmigo, me querían y me cuidaban. Siempre tuve algo, tal vez inocencia o dulzura, no lo sé, que ha hecho que le gente me quiera. Y mis amigas siempre me han querido. Pero no era fácil ir con ellas porque, la capacidad adquisitiva de sus familias era mucho mayor que la de la mía. Por ello, aquel verano, yo no pude ir a la piscina pública tantas veces como ellas. Ni podía comprar todos los días golosinas. Ni tomar todos los fines de semana un refresco. Aquello no me importaba demasiado, aunque en ocasiones, se me hacía algo vergonzoso y cuando no iba a la piscina, inventaba alguna excusa como que me dolía la tripa o tenía que hacer un recado. Y si decía aquellas pequeñas mentiras, no era por vergüenza ni mucho menos, sino porque no quería que se compadecieran de mí.
Pero lo que sí que me afectó por mi condición económica, fue que, ése verano, muchas de ellas, las que iban al colegio de Madrid, pasarían un mes en Irlanda estudiando inglés.
Desde que podía recordar, mi sueño era viajar a Londres o Nueva York. Virginia y yo, con once años, nos habíamos prometido que con dieciocho, seríamos jóvenes grounge, estudiaríamos en la universidad, viviríamos juntas y vajaríamos a Nueva York para ver las torres gemelas. Y me imaginaba tantas veces cómo sería aquel viaje. Pero Lóndres estaba mucho más cerca y yo quería ver el cambio de guardia y los autobuses de dos plantas y los elegantes taxis. Y bueno, Irlanda no era ni Londres ni Nueva York, pero seguro que también era bonito, con sus castillos y prados verdes.
-Mamá, ¿podría yo apuntarme al viaje de Irlanda de mis amigas? Aprendería inglés, que sabes que no se me dá nada bien y es una gran oportunidad. Me alojaría con una familia y no hay que pagar mucho.
Evidentemente, la respuesta fue que no. Ni si quiera pregunté el porqué, pues yo ya lo sabía. Yo ya era mayor, estaba a punto de cumplir quince años y desde hacía muchos años, ya me había dado cuenta de que mi familia era muy humilde. Tal vez antes no lo había sabido porque de pequeña siempre había tenido todos los juguetes y vestidos que había querido. Y si mi casa era pequeña, nunca me había importado y de hecho creía que, todo el mundo en general tenía casas como la mía, pero no era así. Resultaba que casi todo el mundo vivía en bonitos chalets adosados con dos o tres plantas, dos o tres baños, dos o tres televisiones y un bonito jardín. Cómo me gustaría tener un jardín. Un jardín pequeño, donde poder plantar unas margaritas y tal vez un naranjo. Y así, en las tardes de primavera, podría sentarme para disfrutar de las flores, y ésa brisa que huele a verde y frescor.
Aquella semana, después del día en yo conociera a mi Roberto, era la semana en que mis amigas partirían hacía tierras irlandesas. He de reconocer que en un principio me sentí profundamente celosa. No me alegraba por ninguna de las que irían al viaje. Ni si quiera por mi adorada "pequeña Luci" Desde mi envidia, pensaba que aquel viaje me lo merecía yo casi más que ninguna. Yo era buena y me esforzaba por estudiar. Además quería ir a la universidad. Y sobre todo, deseaba con toda mi alma ir alguna a Gran Bretaña. ¡Qué injusto era todo! Yo sabía que mis amigas, en su colegio de Madrid, hacían un montón de travesuras a los profesores y sus notas tampoco eran buenas. Bueno, lo cierto es que las mías tampoco habían sido muy buenas al entrar en el instituto, pero me había esforzado y finalmente había conseguido aprobar todas las asignaturas.
Hubo muchas noches en las que tumbada en mi cama y tapada hasta la cabeza, había llorado pensando en ése viaje a Irlanda, pero al final, no me quedó otra que resignarme.
Y llegó el día en el que Lola, "la pequeña Luci" y su prima y Emilia, partieron para Irlanda, junto con sus compañeros y compañeras del colegio. Además, Gabriela, Virginia e Inés, fueron de vacaciones con sus padres. Así pués, Carolina y yo, teníamos un largo y caluroso verano por delante.
Solíamos quedar por la tarde en el barrio y, mientras yo no dejabaa de hablar de mi adorado Roberto, ella hablaba de Carlos, el chico que le gustaba.
Nos gustaba observar a los grupos de chicos mayores. Y aunque mi corazón ya sólo pertenecía a Roberto, no podía evitar emocionarme cuando veía a Iván o a Daniel, el de ojos azules y sonrisa perfecta.
-¿Qué crees que estarán haciendo Lola y las demás?
Pregunté el jueves por la tarde a Carolina, mientras comíamos pipas sentadas en un banco.
-No lo sé. Dijo que nos escribirían una postal. Seguro que lo están pasando bien y conociendo a mucha gente.
-A mí me gustaría conocer a un chico irlandés. Pelirrojo y con los ojos verdes.
Dije mirando más allá de las copas de los árboles.
Carolina a penas reaccionó ante mis palabras y casi distraídamente, dijo:
-Los pelirrojos son raros y además, yo creía que estabas enamorada de Roberto.
-¡Y lo estoy!-respondí con behemencia- pero si yo hubiese viajado a Irlanda, me hubiese gustado tener un bonito romance de verano. ¿A ti no? La verdad es que me gustaría mucho tener un amor de verano y ése no puede ser Robaerto, porque él es el amor de mi vida.
Carolina no dijo nada. A lo lorgo de los cuatro días, desde que conociera a Roberto, había hablado de él como el amor de mi vida hasta la saciedad y había recreado tantísimas veces nuestra presentación, que ya casi había perdido el poco encanto que hubiese podido tener. Pero aún así, yo no me cansaba de revivir ésos instantes en mi cabeza una y otra vez.
Al llegar la noche, pensaba en él. Recordaba nuestra presentación y después, mi desbocada y alocada imaginación, comenzaba a divagar y entonces comenzaba a vivir un hermoso romance. Y al llegar la mañana, de aquel increíble verano del año 2000, yo sonreía. Subía las persinas de mi cuarto atestado de muñecas y dejaba que los rayos del sol de julio, entrasen a raudales. Me sentía tan increíblemente feliz que me sentía capaz de poder salir volando por la ventana. Qué mágico sentimiento el del amor. Y a la vez extraño y misterioso, pues, ¿cómo yo podía sentir amor, si ni si quiera tenía la suerte de conocer a Roberto? Sin duda se trataba de un flechazo. Pero yo no creía en los flechazos. Pensaba que los flechazos estaban bien en las novelas y los cuentos, pero en la vida real ésas cosas no pasaban. Aunque pensándolo bien, y teniendo en cuenta lo que me estaba pasando, tal vez los flechazos no sólo eran cosas de novelas románticas.
Y por fin llegó el viernes. El viernes amaneció con un sol glorioso y mis nervios se dispararon enormemente. Nada más levantarme, llamé a Carolina.
-¿Quién?
Preguntó una Carolina ligeramente adormilada.
-¡Buenos días!
-Cuánta energía tienes ya. Es muy pronto.
-Son las 10.30. Una hora perfecta para disfrutar de esta mañana de verano.
-Oye, ¿te parece que vayamos al rastro esta mañana?
-¡Claro!
Los viernes por la mañana, había en el pueblo mercadillo, llamado coloquialmente por las mujeres del pueblo, "el rastro" o "los viernes", por que se ponía los viernes...
"Los viernes", no tenía nada que no tuvieran otros mercadillos. Eran los mismos puestos ambulantes de siempre y de todos los demás mercadillos: frutas, verduras, calcetines, ropa poco ponible, aunque si se buscaba con atención, siempre se podía encontrar algo bonito.
A lo largo de los años, yo había ido forjándome un estilo bastante peculiar. De pequeña había llevado vestidos pomposos y de seda, con lazos y puntillas. Vestidos demasiado recargados para ir al colegio, pero lo cierto es que llevé aquellos vestidos hasta los once años.Ya era mayor para vestir así, pero es que a mí me encantaban. Con doce años, tuve mi extraña crísis de identidad y, mientras mis amigas ya se arreglaban a la moda como auténticas señoritas, yo vestida con vaqueros y sudaderas anchas que disimulaban mi pecho, bastante generoso para una niña de doce años. Pero poco a poco y con ayuda de Inés, comencé a vestir a la moda y como una chica de mi edad. A pesar de ello, mi estilo era bastante característico. A mí me gustaban los colores y la moda de los 80, así que, aunque a la moda, siempre llevaba algo "muy Sherezade", como solían decir mis amigas. Poco a poco, he ido definiendo cada vez más mi estilo, entre ochentero y muy tendente a lo infantil. Y aunque con doce años pudiera parecer que aborrecía la moda, lo cierto es que, desde hace unos años, no hay nada que me guste y tal vez, finalmente, al igual que Cocó Chanel, la que revolucionó la moda de forma magistral, nunca llegue a casarme.
Una vez hubimos llegado Carolina y yo a "los viernes", paseamos tranquilamente entre los puestos de ropa sin prestarles mucha atención, ya que estábamos completamente concentradas en nuestra conversación.
-Me han dicho que "Miriam, la rubia", lo ha dejado con Jesús.
-¿En serio?-pregunté más que sorprendida-¡Yo nunca habría dejado a Jesús! Así que me monta aquel númerito en la puerta del instituto y aahora resulta que le deja! Alucino con la gente. ¿Y sabes porqué le ha dejado?
-No, no lo sé. Aunque por lo que me han dicho, parece que ya está con otro.
-¿Con quién?
Pregunté más sorprendida aún.
-No lo sé.
-Vaya. Las hay con suerte. Fijate que, acaba de dejar a Jesús y ya está con otro y yo en cambio, nunca he estado con nadie. Y hace tantísimo tiempo que no me besa nadie que ya ni recuerdo cómo se hace.
Carolina rió.
-¡No digas tonterías! Éso no se olvida.
-Pues Carolina, te voy a decir una cosa:-dije muy seria-tengo que besar a alguien antes de besar a Roberto.
Carolina me miró medio pensativa y por fin dijo:
-Lo primero: ¿Por qué debes besar a alguien antes de besar a Roberto? Y lo segundo: ¿Por qué estás tan segura de que besarás a Roberto?
-Pues... verás. Mi primer beso con Roberto debe ser mágico y él, después de ése primer beso, debe quedar total, completa y locamente enamorado de mí, por lo que he de practicar. Y estoy segura de que él me besara porque... bueno, simplemente lo sé.
Concluí, con una media sonrisa.
Lo cierto era que, de alguna manera, sabía que Roberto me besaría. Incluso a mí me sorprendía estar tan segura de algo, porque yo era la persona más insegura del mundo. Pero sentía dentro de mí, algo que era muy complicado de explicar.
Dicen que, antes de nacer, nuestra energía ya existe y que en realidad, son las fuerzas del universo las que hacen que todo suceda como sucede. ¿Acaso no es éso el destino? Pues éso era lo que yo sentía; que, incluso antes de nacer, nuestras energías ya se habían conocido en una vida anterior y que, las fuerzas del universo habían sido tan fuertes y puras que ya nada podría separar nuestras almas.
Yo no hablaba a nadie de estos pensamientos que tenía, pues me habrían creído loca, pero es que tampoco creía que nadie pudiera si quiera entender de lo que yo hablaba.
Pero, ¿y cómo iba a ser de otra manera? ¿Cómo algo que ya había ocurrido antes de nacer, no iba a ocurrir en vida? Yo sentía dentro de mí que, durante mis catorce años de vida, mi alma había estado anhelante y buscando algo y ahora por fin, lo había encontrado.
El día se me hizo larguísimo. Miraba la hora casi a cada minuto. Deseaba que dieran las 18.00, hora en la comenzaría mi ritual para salir. Y digo ritual, porque realmente lo era. Tardaba dos horas completas en arreglarme y casi siempre llegaba tarde. Debía ducharme y arreglarme el pelo debidamente, que era lo que más odiaba. No me gustaba mi pelo porque era difícil de moldear y además era de un color castaño apagado, nada especial. Yo solía llamarlo, "el sin-color". Al igual que mis ojos, que eran "sin-color".
Después, tras luchar con mi larga cabellera, me maquillaba los ojos. Me encantaba maquillarme los ojos y usaba un montón de sombras de colores.
Durante todo el día, me lo pasé preguntando a mi madre:
-¿Le veré? ¿Crees que le veré, mamá?-pero sin dejarla responder, yo seguía hablando:- si no le veo, va a ser un chasco, porque me he comprado este vestido tan bonito y quiero que me vea con él. ¿Y crees que es mayor para mí? Tiene diecinueve años, aunque no aparenta más de quince ¡y es universitario!
Concluí dándo vueltas por el salón.
Mi madre rió antes de decir:
-No creo que sea mayor. Te saca cinco años, creo que eso está bien. Pero estoy segura de que esta noche te enamorarás de otro.
Acabó diciendo a la vez que se echaba a reír.
-¡Mamá!-dije ofendida-es verdad que me enamoro muy fácilmente y que de hecho, me encanta que me encante alguien, porque la sensación del enamoramiento es bonita y divertida al mismo tiempo. Pero es que esto es total, completa y absolutamente diferente ¿es que no lo entiendes? ¡Es él, mamá! ¡Es mi príncipe!
Mi madre sonrió y no dijo nada más.
Por fin llegaron las 18.00 de la tarde y entonces, comencé mi ardua tarea de arreglarme. Y justo cuando me disponía a meterme en la ducha, el teléfono sonó, mi madre gritó que era Carolina, y yo, cogiendo apresuradamente el albornoz, salí corriendo a por el teléfono.
-¡Hola!
-Hola Shere. Sólo quería preguntarte si te vas a poner el vestido que compraste esta mañana, es que yo no sé qué ponerme.
Desde siempre, yo he tenido a la hora de vestir, un estilo muy particular, rozando lo hortera, o más bien, muy hortera. Un estilo que en muchas ocasiones, ha hecho que la gente me mire por la calle, y que incluso mis amigas hayan dicho cosas como, que como me atrevo a ponerme tal o cual falda, o que aunque los zapatos son feos a mí me quedan bien. A pesar de ello, casi cada fin de semana, varias de mis amigas, me llamaban para pedirme consejo sobre su atuendo. Y la verdad, he de reconocer, que a mí me encantaba.
-¿Por qué no te pones la mini falda vaquera con la blusa rosa de florecitas?
-Había pensado que tal vez con la camiseta verde de tirantes, también quede bien.
-A mí me gusta más la de flores, pero prueba con las dos.
-¡Perfecto!
-¡Ah!-añadí-con la de flores, pelo liso, con la verde, pelo rizado.
-¡Muy bien! ¡gracias!
Y después de estos grandes consejos, yo me duché, me ricé el pelo y lo sujeté con una cinta morada, a juego con el vestido nuevo. Después me apliqué sombras moradas en los parpados y me pinté los labios de rosa claro. Y por raro que pareciera, estaba lista justo a tiempo.
Cogí las llaves y saliendo por la puerta, grité:
-¡Mamá, deseame suerte!
¡Suerte!